por José Santamarta
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*José Santamarta Flórez es director de
World Watch. Este artículo se publicó en
el nº 18 de la revista World Watch. worldwatch@nodo50.org
http://www.nodo50.org/worldwatch Teléfono: 650
94 90 21
El próximo día 22 se celebra la jornada
europea “Un día sin coches” o “La ciudad, sin mi
coche”, convocada por cuarto año consecutivo. Un
día sin coches no basta, y sólo sirve para
recordar las consecuencias del uso masivo del automóvil
privado. El automóvil devora la ciudad. La guerra
de Irak, el accidente del Prestige y la ola de calor del
verano de 2003, son muestras de lo que significa un modelo
energético basado en el petróleo, y el transporte
es el sector más dependiente.
“Peor que estar enfermo es tener un mal médico”,
escribía Quevedo, y el médico que trata
las enfermedades del transporte, el ministro Álvarez
Cascos, no podía ser más peligroso. La política
de infraestructuras del gobierno del PP va encaminado
a facilitar aún más el uso insostenible
del automóvil privado, con miles de kilómetros
más de autovías y autopistas, que es como
querer tratar la adicción con una sobredosis, aplicando
la eutanasia al ferrocarril tradicional con una mortal
inyección de nuevas líneas de AVE, hasta
alcanzar los 7.131 kilómetros.
El precio de la sobredosis de infraestructuras de transporte
es el enorme coste de miles de millones de euros, a pagar
por todos y a cobrar por unas pocas empresas, como Dragados
y Construcciones, Cubiertas y MZOV, Fomento de Construcciones,
Ferrovial o Agromán.
El retraso histórico de las infraestructuras españolas
es una verdad o una mentira a medias. ¿Frente a
quién se define tal retraso? Frente a Estados Unidos,
Alemania y otros países de la Comunidad Europea.
¿Y por qué no frente al llamado Tercer Mundo
o el Este de Europa? Pero, como enseña cualquier
manual de economía, las necesidades son infinitas
y los recursos limitados, incluida la capacidad de sumidero
de la atmósfera. Se olvidan de citar a las multinacionales
del automóvil y a las grandes empresas constructoras,
pero un olvido así lo tiene cualquier gobierno
tan ocupado en destrozar el medio ambiente durante la
mañana y por la tarde evaluar el impacto ambiental
de los destrozos.
El problema del transporte en España no es la
carencia de autovías, autopistas, vías de
circunvalación y aparcamientos subterráneos,
sino las causas que inducen a multiplicar las necesidades
de desplazamientos, cada vez más frecuentes y distantes,
el incremento de la accesibilidad del vehículo
privado y la orientación de la demanda hacia los
modos menos eficientes energéticamente, como la
carretera y el transporte aéreo. España
dispone de 8.000 km de vías de gran capacidad,
y para el año 2010 se llegará a 13.000 km.
La solución no es aumentar la movilidad y el empleo
del automóvil privado, para ir a comprar al hipermercado
arruinando al pequeño comercio de barrio o desplazarse
a un puesto de trabajo localizado a 30 kilómetros
del lugar de residencia, dejando el ferrocarril para algún
desplazamiento rápido en el AVE en sustitución
del avión a Barcelona, Sevilla o Valencia. La solución
es la reducción de la necesidad de desplazarse,
que no su posibilidad, y el cambio del automóvil
por otros modos de transporte, como el caminar, la bicicleta,
los autobuses, el tranvía y el tren.
Transporte y cambio climático
El parque de vehículos en España hoy llega
a los 25 millones, de los que 19 millones son turismos,
cifra muy superior a la suma de los automóviles
de India y China, países cuya población
supera los 2.200 millones de personas, 55 veces más
que España. Nuestra motorización es 300
veces mayor que la de India y China. El modelo norteamericano,
con 200 millones de vehículos para 280 millones
de personas, no es viable, pues de extenderse al resto
del mundo el parque automovilístico debería
ser hoy de 4.500 millones, ocho veces más que los
580 millones de vehículos que ahora circulan por
las carreteras de todo el mundo. El modelo no es viable,
pero todos lo imitan, y lo imitarán hasta que la
crisis ambiental sea irreversible.
En el año 2000, el transporte absorbió
en España el 42% del consumo final de energía
y, desde 1995, los consumos han aumentado un 26%, más
que en cualquier otro sector. La carretera representa
el 79,5% del consumo del sector, el transporte aéreo
el 13,7%, el transporte marítimo el 4,2% y el ferrocarril
el 2,6%. En términos absolutos el transporte consumió
32,8 millones equivalentes de petróleo en el año
2000.
En el mundo las emisiones del sector transporte ascendieron
a 1.500 millones de toneladas de dióxido de carbono
(el 17% de las emisiones antropogénicas o causadas
por el hombre), 140 millones de toneladas de monóxido
de carbono (60% de las emisiones), 40 millones de óxidos
de nitrógeno (42% del total), 30 millones de hidrocarburos
(40%), 9 millones de partículas (13%) y tres millones
y medio de toneladas de óxidos de azufre (3%).
La Comisión Europea y la Asociación de Constructores
Europeos han acordado rebajar las emisiones de dióxido
de carbono desde los 170 g/km actuales a 140 g/km en 2008,
pero tal acuerdo es insuficiente, dado que cada año
se venden más todoterreno, auténticos devoradores
de gasolina o gasóleo, el parque aumenta, los vehículos
son cada vez mayores y cada año recorren más
km. Probablemente la única medida eficaz para frenar
las emisiones sea una profunda reforma fiscal ecológica,
que penalice el consumo de combustibles.
Si las emisiones actuales se multiplicasen por ocho,
que es lo que supondría la extensión del
modelo norteamericano y de la Europa rica, la vida sería
imposible y el barril de petróleo no estaría
a sólo 25 dólares, a pesar de la invasión
de Irak. Pero nadie tiene el derecho de negar a los chinos,
indios, africanos o a los latinoamericanos, los bienes
de consumo (automóviles o frigoríficos)
que tiene la población de los países ricos.
La extensión de tales bienes es imposible, pues
su generalización desataría una crisis de
recursos y de sumideros (ambiental) de proporciones inimaginables.
Hoy el transporte absorbe la mitad del petróleo
consumido anualmente. Si los pobres del Sur no pueden
y nosotros, los pobres y los ricos del Norte, sí,
¿con qué derecho podemos pedirles que conserven
los bosques tropicales y la biodiversidad, o los grandes
mamíferos como el tigre, el panda, el gorila, el
elefante o el rinoceronte, y que no contribuyan al cambio
climático o a la destrucción de la capa
de ozono con sus frigoríficos y aparatos de aire
acondicionado? Incluso con el escenario más realista,
que no el más justo, donde los del Sur siguen siendo
pobres excepto una pequeña élite, y los
del Norte ricos excepto una minoría de pobres cada
vez mayor, con un incremento anual del parque de turismos
en 10 millones de unidades y de 5 millones el de autobuses
y camiones, el número de vehículos llegaría
a 1.000 millones en el año 2030.
Ni el aumento de la eficiencia energética, ni
los nuevos combustibles (con la excepción del hidrógeno
consumido en pilas de combustible o la electricidad procedente
de células solares fotovoltaicas), ni los nuevos
materiales, impedirán la crisis ambiental. El llamado
automóvil ecológico es una quimera de un
hábil marketing sin ninguna base real. El coche
que consumirá tres o cuatro litros por cada 100
km, en vez de los 9 litros de media hoy en la Comunidad
Europea, crea unas falsas expectativas de resolución
de los problemas ambientales, sin reducir drásticamente
el uso del automóvil. Como recuerda la propia Comisión
de las Comunidades Europeas, “los usuarios que disponen
de automóvil cubren más de cuatro veces
el kilometraje recorrido por los usuarios que no lo tienen”.
Incluso unos hipotéticos automóviles que
utilizasen hidrógeno o electricidad, obtenido a
partir de células fotovoltaicas, no acabarían
con los atascos ni la congestión, y seguirían
necesitando carreteras y un lugar donde aparcar. Las reducciones
en los consumos energéticos específicos
previstos, de 9 l/100 km a 7,8 l/ km en el año
2010, no tendrán ninguna repercusión global,
debido al aumento del parque automovilístico; en
la Comunidad Europea pasará de 115 millones en
1987 a 167 millones de vehículos en el año
2010 (de 381 a 503 automóviles por cada 1.000 habitantes).
En España, el transporte emitió a la atmósfera
el 30% de las emisiones de dióxido de carbono,
3 millones de toneladas de monóxido de carbono,
620.000 toneladas de óxidos de nitrógeno,
600.000 de compuestos orgánicos volátiles,
61.000 de dióxido de azufre y 31.000 toneladas
de partículas. Un automóvil de tamaño
medio matriculado hoy, con todos los adelantos para reducir
la contaminación (catalizadores, gasolina sin plomo),
y con un bajo consumo energético, que haga unos
13.000 kilómetros anuales y que dure 10 años,
emitirá 22,1 toneladas de dióxido de carbono;
4,8 kilogramos de dióxido de azufre; 46,8 kg de
óxidos de nitrógeno; 325 kg de monóxido
de carbono; 36 kg de hidrocarburos; y 26,5 toneladas de
residuos. Además hay que considerar la contaminación
de suelos, aire y agua por gasolina o gasóleo,
cadmio, plomo, cobre, cromo, níquel, zinc y PCB.
Las deposiciones ácidas de cada auto causarán
la muerte de tres árboles y dañarán
seriamente a otros 30. El coche en cuestión acortará,
por término medio, la vida en 820 horas, debido
a accidentes mortales de tráfico; uno de cada 100
conductores morirá en accidentes de tráfico.
Los costes externos debidos a la contaminación,
el ruido y los accidentes, una vez deducidos todos los
impuestos que paga el vehículo, ascienden a 4.100
euros anuales.
El transporte contribuye a las emisiones de gases de
invernadero, acelerando el cambio climático, y
a la destrucción de la capa de ozono, debido a
la utilización de clorofluorocarbonos (CFC) en
las espumas de los asientos y en los sistemas de acondicionamiento
de aire del parque actual o sus sustitutos (HCFC, HFC).
El automóvil destruye el ozono de la estratosfera,
donde es más necesario, pero aquí abajo,
en la troposfera, donde no lo necesitamos, el automóvil
produce grandes cantidades de ozono troposférico
al reaccionar los óxidos de nitrógeno y
los hidrocarburos en presencia de la luz solar, dañando
la salud de las personas, los cultivos, los árboles
y las plantas en general, y contribuye además con
un 8% al efecto invernadero. El transporte es, junto con
las centrales termoeléctricas de carbón,
la principal causa de las lluvias ácidas, debido
a la emisión de óxidos de nitrógeno
y de dióxido de azufre.
Ocupación del suelo
La producción de un automóvil de 850 kilogramos
requiere cerca de dos toneladas equivalentes de petróleo
y numerosas materias primas y productos industriales,
como acero, aluminio, caucho, pinturas, vidrio o plásticos.
La elaboración y transformación de tales
productos tiene un enorme coste ambiental, directo e indirecto.
Basta pensar en las grandes hidroeléctricas destinadas
a proporcionar la electricidad necesaria para la transformación
de la bauxita en aluminio, un metal imprescindible para
los automóviles, en las industrias siderúrgicas
(la industria automovilística absorbe el 20% del
acero), en los polos petroquímicos que producen
los plásticos o las materias primas para su fabricación,
o en las refinerías que producen la gasolina, el
gasóleo y el asfalto para las carreteras.
Desde 1946 hasta 2003 un total de 500 millones de coches
se han convertido en residuos, sólo en Estados
Unidos; el reciclaje de todas las partes del automóvil,
especialmente los 9 kilos de plomo de las baterías
o los 60 plásticos diferentes que lo componen,
no está resuelto, no obstante la propaganda engañosa
de las principales multinacionales del sector. Anualmente
se producen 40 millones de automóviles, que en
un periodo que rara vez supera los diez años, acabarán
convertidos en chatarra.
La construcción de un kilómetro llano de
autopista de 4 carriles requiere 1.500 kilogramos equivalentes
de petróleo en asfalto o combustible para la maquinaria
de obras públicas. Las infraestructuras de transporte
tienen una repercusión irreversible en la ocupación
del suelo, en el paisaje y en la fragmentación
de hábitats. El 2% del territorio de Estados Unidos
está ocupado por el automóvil (carreteras,
calles, aparcamientos), y en los 15 países de la
Comunidad Europea sólo la red vial ocupa 40.000
kilómetros cuadrados. En España 7.200 kilómetros
cuadrados están ocupados por carreteras, calles,
aparcamientos, estaciones y aeropuertos.
Las pequeñas mejoras propuestas en los estudios
de impacto ambiental en poco o nada ayudan a reducir las
consecuencias irreversibles de esas infranqueables barreras
que son las autopistas y autovías, no sólo
para la flora y fauna, sino incluso para las personas
o peatones, cuya movilidad queda reducida. Los estudios
de impacto ambiental son un mero trámite burocrático,
sin ninguna trascendencia.
El coche devora la ciudad
México, Santiago, Bogotá, Atenas, Roma,
Bangkok, Los Ángeles, Lagos, Sao Paulo, Nueva Delhi,
Calcuta, El Cairo, Londres y Madrid, son algunas de las
ciudades que año tras año sufren la contaminación
atmosférica debido al tráfico de automóviles,
autobuses, furgonetas, camiones y motocicletas. En condiciones
normales los contaminantes emitidos por los vehículos
ascienden con los gases calientes mientras encuentren
masas de aire más frías. Sin embargo, las
condiciones topográficas y meteorológicas
causan las inversiones térmicas: la temperatura
de la capa de aire situada a varios centenares de metros
de altitud es superior a la de la capa de aire en contacto
con el suelo, a la que bloquea, como una tapadera, impidiendo
la difusión de los contaminantes, situación
agravada aún más cuando el viento cesa.
Entonces se disparan los índices de inmisión
(cantidad de contaminantes por unidad de aire), lo que
al menos sirve para que las autoridades se preocupen durante
unos días, sin ir al meollo del asunto, es decir,
atacar la contaminación en sus raíces, allá
donde se emite.
Diariamente nuestros pulmones filtran 15 kilos de aire
y si vivimos en una gran ciudad o próximos a una
carretera, ese aire contendrá contaminantes emitidos
por los automóviles, como el monóxido de
carbono, los óxidos de nitrógeno, el dióxido
de azufre, partículas, plomo y dicloro-1,2-etano,
hidrocarburos, formaldehído, y contaminantes secundarios
como el ozono y los peroxiacetilnitratos, algunos de ellos
cancerígenos, y casi todos perjudiciales para la
salud humana. El monóxido de carbono se combina
210 veces más rápidamente con la hemoglobina
de la sangre que el oxígeno, formando la carboxihemoglobina,
que impide la oxigenación de los tejidos.
La contaminación se agrava tanto por situaciones
temporales, como las inversiones térmicas, como
por la congestión en las horas punta. En Estados
Unidos 130 millones de personas, casi la mitad de la población,
vive en áreas cuya contaminación supera
los niveles recomendados por la EPA (Agencia de Protección
Ambiental). En Madrid, Barcelona y en otras ciudades españolas
no hace falta ser ningún adivino para saber que
año tras año en los meses de noviembre,
diciembre y enero la contaminación alcanzará
límites insoportables, sin que el alcalde de turno
haga absolutamente nada, excepto dictar algún bando
y mirar al cielo para ver si llueve o desaparece la inversión
térmica. Y durante los veranos se disparará
la contaminación por ozono troposférico,
dañando a plantas, animales y personas.
Demasiados decibelios
El ruido causado por el tráfico depende fundamentalmente
de los ruidos de los motores y del contacto de las ruedas
con la calzada. Los camiones, motos y autobuses son los
vehículos que más ruido producen. Un camión
provoca un ruido equivalente al de 10 a 15 coches. El
ruido empieza a ser molesto a partir de los 55 decibelios.
Del 40 al 80 por ciento de la población de los
países llamados desarrollados (OCDE) vive en zonas
con más de 55 decibelios, y entre el 7 y el 42%
de la población (más de 130 millones de
personas) vive en zonas con niveles inaceptables, con
ruidos superiores a los 65 decibelios. España es
el segundo país del mundo industrializado, sólo
superado por Japón, en niveles de ruido, y el primero
entre los países de la Unión Europea: el
74% de la población está expuesta a niveles
de ruido superiores a 55 decibelios leídos en curva
A (a las que el oído humano es más sensible),
y el 23% sufre niveles de ruido superiores a 65 decibelios.
Madrid es una de las ciudades del mundo más ruidosas.
El 0,5% de la población de la OCDE soporta niveles
de ruido superiores a 65 decibelios debido a los aeropuertos.
En Madrid la ampliación del aeropuerto de Barajas,
así como el aeropuerto de Torrejón, utilizado
hasta hace poco por aviones de EE UU, han sido motivo
de numerosas protestas ciudadanas, apoyadas por grupos
ecologistas.
Las vibraciones son movimientos de baja frecuencia con
consecuencias comparables a las del ruido, y que provocan
daños en edificios, calles e infraestructuras subterráneas.
Como resultado del aumento del tráfico y sus consecuencias
de contaminación atmosférica, ruido, embotellamientos
y nuevas infraestructuras viarias, el centro de las ciudades
se ha ido degradando.
En España mueren anualmente más de 6.000
personas causa de los accidentes de tráfico (4.026
personas en 2002, según las estadísticas
oficiales que sólo contabilizan los muertos en
las primeras 24 horas), muchos de ellos peatones (unos
mil al año) o ciclistas (unos 150). La población
se ha acostumbrado, o nos han acostumbrado, a convivir
con una muerte estúpida que fácilmente se
podría evitar, hasta el punto de que los muertos
tienen que ser muchos para llamar la atención.
Ningún grupo terrorista en el mundo, ni siquiera
el ataque terrorista del 11 de septiembre o las guerras
de la posguerra fría, causan tantas muertes como
el automóvil. Cerca de medio millón de personas
mueren anualmente en el mundo a causa del automóvil.
Alternativas al transporte
Una política decidida, clara y bien estructurada,
para reducir la necesidad de desplazarse, que no su posibilidad,
y para orientar la demanda hacia los modos más
eficientes de transporte, significaría una sensible
reducción del consumo de energía, de la
contaminación atmosférica y del ruido, menor
ocupación de espacio, reducción del tiempo
empleado en desplazarse, menor número de accidentes,
inversiones más reducidas en la infraestructura
viaria y una mejora general de la habitabilidad de las
ciudades.
Disminuir las necesidades de transporte, tanto en el
número de desplazamientos como en la longitud de
éstos, debería ser el norte que presida
la política en el sector, lo que indudablemente
no es fácil, dada la segregación espacial
y social de las áreas metropolitanas, la inercia
en los hábitos de vida, y sobre todo los intereses
de las multinacionales del automóvil y de las empresas
constructoras de infraestructuras.
Un caso ilustra la dificultad de articular otra política
de transportes, más acorde con los intereses de
la mayoría de la población. En 1936 General
Motors, Standard Oil, Firestone, Phillips Petroleum y
Mack Truck, entre otras empresas con intereses en la industria
automovilística, crearon la compañía
National City Lines en Estados Unidos. En pocos años
la National City Lines compró más de un
centenar de líneas de tranvías y trolebuses
en 45 ciudades, cerrándolas a continuación.
En 1949 la General Motors y las otras empresas fueron
condenadas y multadas con la ridícula cifra de
5.000 dólares por “conspirar para reemplazar los
sistemas de transporte eléctrico con autobuses
y monopolizar la venta de éstos”. Pero para entonces
el daño ya estaba hecho; en 1947 el 40% de los
trabajadores estadounidenses se desplazaban al trabajo
en transporte público, en 1963 sólo el 14%,
y hoy el 4,6%. Procesos parecidos tienen lugar en la actualidad
con las líneas de ferrocarril, pero ahora es el
Estado el que determina los cierres. El objetivo es obligar
a que sólo se pueda ir en automóvil, o todo
lo más en autobús.
Hoy en la Europa comunitaria un poderoso grupo de presión,
la “European Round Table of Industrialists” (ERT), entre
cuyos miembros están Fiat, Daimler-Benz, Man, Volvo,
Total, Shell, BP y Pirelli, juega un papel parecido, aunque
esta vez el objetivo es llenar Europa, aún más,
de autopistas, autovías, túneles y algunas
líneas de trenes de alta velocidad.
Las flores del campo
Como sentenció Henry Ford, “resolveremos los problemas
de la ciudad abandonando la ciudad... para vivir entre
flores lejos de las calles abarrotadas de gente”. Henry
Ford logró vender sus automóviles y mandó
a sus paisanos a vivir entre flores, pero no les explicó
que todos los días iban a pasarse varias horas
entre atascos o trabajando para pagar el coche, la gasolina,
los seguros o los impuestos con los que financiar las
infraestructuras que llevasen al ciudadano de las flores
del chalet adosado a la oficina. El cantar de los pájaros
y el olor de las flores a duras penas sirvió para
compensar de la contaminación, el ruido, el stress
del tráfico, los riesgos de la circulación
o las miles de horas pasadas en el coche o trabajando
para pagarlo.
Una política alternativa debería hacer
lo contrario de lo que quería Henry Ford: recuperar
la ciudad densa y compacta, favorecer la proximidad entre
el lugar de residencia y el trabajo, no permitir abrir
ni un sólo hipermercado más, revitalizar
el pequeño comercio de barrio próximo a
nuestras viviendas y generador de miles de empleos, frenar
la terciarización del centro de las ciudades, mezclar
las actividades en lugar de segregarlas en el espacio
y poner coto a la tiranía del automóvil,
recuperando calles, bulevares y plazas para caminantes,
ciclistas y niños.
La zonificación hoy carece de sentido, pues la
mayoría de las industrias y servicios apenas presentan
problemas ambientales. Una ciudad compacta con alta densidad,
con viviendas, oficinas, comercios, guarderías,
escuelas, hospitales y zonas verdes mezcladas, y drásticas
restricciones del empleo del automóvil, es la mejor
y única alternativa a los problemas actuales. Las
medidas encaminadas a pacificar el tráfico y a
promover el coche compartido, junto con una mayor fiscalidad
ecológica sobre el automóvil, el uso de
las infraestructuras viarias y el consumo de combustibles,
deben formar parte de una nueva política encaminada
a reducir el uso del automóvil.
¿Utopía? La utopía es la generalización
del automóvil con todas sus consecuencias ambientales,
sociales y económicas, y el modelo estadounidense
de ciudad dispersa, con gran consumo de espacio y recursos.
El problema de la accesibilidad
El incremento de la accesibilidad del vehículo
privado al centro de las ciudades, es una de las causas
de la segregación espacial, y más que dar
respuestas a una demanda existente con anterioridad, la
crean, permitiendo que las viviendas estén cada
vez más alejadas del lugar de trabajo, de los centros
comerciales, de enseñanza y de los servicios en
general. Una política distinta al callejón
sin salida de la práctica actual debería
aumentar sólo en lo imprescindible la oferta de
nuevos medios de transporte, y dentro de éstos,
beneficiar a los menos dañinos. Bajo este punto
de vista la prioridad, en orden decreciente, sería
la siguiente: el peatón, la bicicleta, el transporte
público urbano menos contaminante (tranvía,
trolebús), el ferrocarril, el autobús, y
en último lugar el automóvil privado y el
camión para el transporte de mercancías.
Lo contrario de lo que ahora se hace.
El establecimiento de amplias áreas peatonales,
sin aparcamientos subterráneos en sus proximidades
(excepto para los residentes), los carriles-bicicleta,
un diseño urbano que favorezca a los no motorizados
(peatones y ciclistas) y la mejora de la accesibilidad
a los puntos de toma del transporte público, deben
ir acompañadas de estrategias encaminadas a evitar
las horas punta, causa principal del sobredimensionamiento
de la infraestructura viaria, y su consecuente subutilización
en horas valle, estableciendo la jornada continua (menos
desplazamientos) y escalonando las horas de entrada y
salida de centros laborales, escolares y comerciales,
así como las vacaciones.
Una economía ecológica, más local
y menos orientada hacia mercados internacionales, reduce
el flujo de mercancías y el absurdo de bienes producidos
en un lugar para ser vendidos en otro país, mientras
se importa un producto idéntico de un tercer país,
únicamente porque los salarios son inferiores y
los bajos costes de transporte no encarecen el producto.
Tarifas políticas
El transporte por carretera no paga su coste real, y
lo mismo sucede con el transporte aéreo. El Estado,
los gobiernos regionales y los municipios han hecho inversiones
públicas para construir carreteras, autovías,
vías de circunvalación y calles al servicio
del automóvil. Por otro lado ni los fabricantes
de vehículos ni los usuarios pagan directamente
las “externalidades” que todos sufrimos, como la contaminación,
el ruido, los accidentes de tráfico, las lluvias
ácidas, el cambio climático o los residuos
generados por los coches al final de su vida útil.
Tales factores deben ser tomados en consideración
cuando se habla del déficit de los ferrocarriles,
metro y transporte público en general. El llamado
déficit del transporte público no se puede
subsanar a través del aumento de las tarifas, que
lo único que conseguirían es aumentar el
número de motorizados, pues tal déficit
queda ampliamente compensado por otras ventajas, como
el ahorro energético, de ruido, de contaminación,
de infraestructuras y de congestión.
En el caso de las grandes ciudades, en vez de construir
nuevas y carísimas líneas de metro, se deberían
construir líneas de tranvías, más
eficientes, al no requerir servicios auxiliares (escaleras
mecánicas, iluminación de túneles),
más baratos (la infraestructura cuesta menos de
la mitad que la del metro) y agradables y cómodos.
El tranvía no contamina y es sin lugar a dudas
el transporte público ideal, como han comprendido
los gobiernos municipales de numerosas ciudades de todo
el mundo. Hoy más de 350 ciudades cuentan con modernos
sistemas de tranvías. A sus ventajas se une la
de quitarle un poco de espacio al automóvil, que
fue la única razón para su desaparición
en los años en que el automóvil era visto
como la quintaesencia de la libertad y de la movilidad.
El tranvía es el medio más indicado para
densidades medias comprendidas entre las 2.500 y las 8.000
plazas/hora en cada sentido, mientras que el autobús
sólo es apropiado para densidades bajas (inferiores
a 2.500 plazas/hora) y el metro sólo debería
ser construido cuando las densidades superan las 12.000
plazas/hora/sentido. Una adecuada jerarquización
de los medios de transporte público (taxis, microbuses,
autobuses, tranvías, trolebuses, tranvía
rápido o pre-metro, metro, ferrocarril, intercambiadores
de transporte), complementada con los modos no motorizados,
como el caminar y la bicicleta, y las nuevas tecnologías
(correo electrónico, Internet, teléfonos
móviles, entre otras) permitiría reducir
considerablemente el uso del automóvil.
Ferrocarriles en vía muerta
Los trenes españoles son lentos y caros, debido
a una política de desidia y de abandono por parte
de la Administración, gracias a la cual nuestro
ferrocarril es el furgón de cola de Europa. De
seguir la política actual el ferrocarril se extinguirá
prácticamente como medio de transporte, con la
única excepción del AVE en las líneas
de gran densidad y los servicios de cercanías en
las grandes áreas metropolitanas, como Madrid.
Las causas de la pérdida de competitividad del
ferrocarril tradicional son las altas tarifas y la baja
velocidad, debido al perfil y al trazado de las líneas,
y la ausencia de doble vía. Sólo el 66%
de la red convencional está en línea recta,
mientras que más de un 15% del trazado son curvas
con radio menor de 500 metros, a la vez que casi el 80%
está en rampa. Tan sólo el 16% de la red
tiene doble vía, mientras que en Francia es el
44% y en Alemania el 43%. ¿Se imaginan si la mayor
parte de las carreteras tuviesen un solo carril a utilizar
alternativamente para circular en uno u otro sentido?
El ferrocarril es el medio de transporte que menos energía
consume, el más rápido, cómodo, seguro,
el que menos contamina y menos espacio ocupa, características
que lo convierten en el transporte ideal para el tráfico
de mercancías y de pasajeros. Una sola y simple
vía de ferrocarril puede transportar tantos viajeros
como 26 carriles de autopistas.
Las razones para potenciar el ferrocarril son claras,
y sin embargo el gobierno practica una sistemática
política de abandono y cierre de líneas,
destinando los únicos fondos disponibles a actuaciones
faraónicas e innecesarias, pero muy vendibles a
un electorado poco informado, como el AVE Madrid-Sevilla,
Madrid-Barcelona, Madrid-Valencia, o las nuevas líneas
contempladas por el gobierno.
Modos no motorizados
Las autoridades olvidan que aún hoy cerca de la
mitad de la población española no tiene
ni automóvil ni siquiera permiso de conducir. En
cualquier país del Tercer Mundo la inmensa mayoría
de la población carece de automóvil e incluso
en los países más ricos los niños,
ancianos, minusválidos y los pobres ven su movilidad
reducida, a causa de la escasez de transporte público.
Las ventajas del caminar o de la bicicleta son tan evidentes
que no es necesario justificarlas, y sin embargo parecería
que son las peores alternativas, pues andar a pie o en
bicicleta es una carrera de obstáculos, e incluso
una forma de vivir peligrosamente. Pero para que los modos
no motorizados sean viables hay que atenuar el tráfico
privado, ensanchar las aceras, impedir que los coches
aparquen en cualquier lugar, ampliar las áreas
peatonales y no sólo en ciertas áreas comerciales
de los centros históricos. Los ayuntamientos deben
crear áreas peatonales en todos los barrios, concebidas
como lugares de encuentro, de juego de los niños
y de convivencia.
En caso de conflicto entre el peatón y el automóvil,
el peatón siempre tiene razón, y a este
respecto es especialmente criticable el diseño
de las glorietas y ciertas avenidas, donde el peatón
ha de dar enormes rodeos para no entorpecer al automóvil,
o el ancho de las aceras, siempre en función del
coche, o los semáforos que obligan a cruzar a la
carrera o con grave riesgo para la vida del no motorizado.
La bicicleta puede y debe entrar a formar parte de nuestra
vida cotidiana, al igual que en otros países; para
ello, es necesario crear vías para bicicletas,
aparcamientos, conexiones con las paradas de transporte
público, mejorar las condiciones ambientales y
sobre todo la seguridad.
Referencias
*Comisión de las comunidades Europeas (1992).
Libro Verde sobre el impacto del transporte en el medio
ambiente. COM (92)46. Bruselas.
*Comisión de las Comunidades Europeas (1990).
Libro Verde sobre el Medio Ambiente Urbano. COM (90)218.
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