Paradoja. O no. Quienes han basado
su discurso político en la defensa del territorio son quienes
más lo han abandonado. Me refiero al país físico,
tangible, no al mítico. ¡Hay tantos ejemplos! El profesor
Scott A. Bollens, de la Universidad de California, recoge estos
días información sobre cómo han gestionado
el territorio los nacionalistas. Alucinó cuando le explicamos
que los pueblos del final de la cuenca del Tordera –a los
que ha debido instalárseles una planta desalinizadora de
agua del mar para cubrir su demanda– tenían un agua
del grifo tan salada que debían cocinar con agua embotellada...
unos kilómetros más allá, en el inicio de la
cuenca del Tordera, en el Montseny.
Que las cosas no se han hecho bien es algo que empezó
a verse con las movilizaciones sociales contra el Plan Hidrológico
Nacional, punta del iceberg de un malestar más de fondo que
se ha expresado localmente en muchos otros lugares. Y que ha seguido
con otros ejemplos, como el rechazo a la línea de las Gavarres,
a la ampliación de la estación de esquí de
Baqueira, la construcción del túnel de Bracons, el
golf de Torrebonica, la contaminación por purines en los
acuíferos del Urgell, el Segrià, Osona y el Empordà...
Proyectos y rechazos de los que pueden sacarse varias conclusiones.
El geógrafo Oriol Nel·lo, editor del libro “Aquí,
no!” (Empúries) las resume en tres: a) la preocupación
social por preservar la identidad y la seguridad de los lugares
donde se vive; b) la crisis de confianza en las instituciones y
partidos; y c) la escasez de políticas territoriales, a menudo
mal diseñadas y peor explicadas.
De las tres, subrayo la tercera, pues es la
generadora de las otras dos, y la única que puede cambiar
a partir de ahora si, como espero, el nuevo Gobierno de la Generalitat
se pone las pilas y se plantea en serio un plan para reconstruir
Catalunya contando con la participación de los ciudadanos.
Una Catalunya conformada por la liberal suma de individualidades
antes que por la planificación estratégica, racional.
En efecto, en los últimos 20 años, el Govern de la
Generalitat sólo ha aprobado un plan territorial –el
de las Terres de l'Ebre, es fácil imaginar por qué–
de los siete previstos en la ley de política territorial
aprobada en 1983 (región metropolitana de Barcelona, comarcas
de Girona, Camp de Tarragona, Plana de Lleida, Catalunya central
y Alt Pirineu), debido a lo cual la planificación del territorio
se ha hecho fuera de escala, municipio a municipio.
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