recull de premsa
Article extret de.. La Vanguardia  
 
 
 
 
Así se gestó el triunvirato

Sonó el timbre del móvil y Miquel Iceta lo descolgó de mala gana. No tenía muchas ganas de hablar. Era mediodía del lunes 17 de noviembre. La noche anterior había sido muy dura. Contra pronóstico, el PSC había perdido por séptima vez consecutiva las elecciones al Parlament de Catalunya frente a Convergència i Unió. El portavoz socialista estaba cansado y de un humor de perros. Le llamaba Joan Puigcercós, diputado y vicesecretario general de Esquerra Republicana.

–Hola Miquel, soy Joan. ¿Como estás?

–Te lo puedes imaginar –respondió Iceta.

–Escucha, ¡no os equivoquéis! –dijo con énfasis Puigcercós–. No está nada claro que vayamos a pactar con Convergència.

La conversación se prolongó durante algunos minutos. El dirigente republicano expuso a Iceta los criterios dominantes en la reciente reunión de la cúpula de ERC. No se esperaban el bajón socialista, pero eso no les obligaba a cambiar de planes. “Depende de vosotros.” Tras la conversación a Iceta le cambió la cara. No se lo acababa de creer. De hecho los socialistas y la gente del PSUC, la izquierda convencional, jamás habían confiado demasiado en Esquerra. Los republicanos procedían de otra cultura política, les habían considerado siempre hijos del pujolismo, pero aquel día, quién lo iba a decir, aquel joven independentista de Ripoll le dio a Miquel Iceta una brizna de esperanza que se expandería rápidamente por el partido.

El día había empezado fatal para los socialistas. La prensa más afín al partido había tirado la toalla, lo que confirmaba los peores presagios de la noche anterior. En la sede de la calle Nicaragua la velada electoral se había vivido con tanta intensidad como desánimo. Todos esperaban sin ninguna duda una victoria cómoda. Tanto fue así que, al confirmarse la derrota, apenas nadie le dio demasiada importancia de entrada a la evidencia aritmética de que los tres partidos de izquierda sumaban mayoría, sólo José Montilla, el primer secretario, que tomó la iniciativa y llamó por teléfono a Carod-Rovira. Luego, en una sala en la que todo el mundo permanecía en silencio, intentó levantar el ánimo de los reunidos –además de Montilla, los hermanos Maragall, Joaquim Nadal, Antoni Castells, Miquel Iceta, otros dirigentes que entraban y salían y algún invitado ilustre como Francesc Antich, el dirigente balear–. “No hemos ganado las elecciones, pero no está todo perdido”, dijo Montilla, y comunicó el que iba a ser el discurso oficial: “Ha ganado la izquierda. Antes gobernaba la derecha y ahora la mayoría de los electores pide un cambio a la izquierda. Es lo que hemos venido proponiendo durante toda la campaña. Reconoceremos que los resultados no han sido los que esperábamos, pero somos la fuerza más votada y vamos a emplazar a ERC e Iniciativa a formar un gobierno catalanista y de progreso”. Sin euforia, sin cava, con serenidad, Pasqual Maragall compareció públicamente y trasladó un mensaje que resignó más que convenció al auditorio a no perder la esperanza.

El hombre de la cara seria

A esa misma hora, en las sedes electorales de CiU y de ERC ya se brindaba con cava y en el hotel Majestic abrazos y lágrimas ponían de manifiesto que CiU revivía una nueva jornada histórica. A ultima hora, una vez los resultados definitivos habían desmentido los primeros sondeos adversos, se apuntaron a la fiesta los antiguos componentes del “dream team” pujolista. Miquel Roca, Macià Alavedra, Josep María Cullell, etcétera. Sin embargo, en medio de las sonrisas y las felicitaciones había una persona con el semblante serio. Precisamente, Jordi Pujol, que había seguido con interés la intervención de Josep Lluís Carod-Rovira. El discurso del líder de ERC tuvo un tono eufórico, pero no fue sólo festivo. Lanzó dos advertencias: “Se ha acabado pactar con el PP y se ha acabado que determinadas empresas tengan que pagar determinadas comisiones a determinados partidos”. Pujol se sintió profundamente ofendido. Dijo a Mas y a Duran: “Hemos de ir con cuidado porque he visto a Carod muy agresivo”.

Al día siguiente, por la mañana, Mas se incorporó a su despacho en el Palau de la Generalitat. Los funcionarios ovacionaron al que consideraban president electo. Cuando Mas se encontró frente a frente con el president ya en funciones, éste no le dijo: “Bon dia, president”, como había previsto, y se lo hizo notar. “Me cuesta entender la agresividad de Carod en una noche como la de ayer.” Artur Mas ya le había llamado por teléfono, pero Carod no respondía. Volvieron a intentarlo varias veces durante el día, en vano. El líder republicano no se puso al teléfono para hablar con el vencedor de las elecciones. Dejó pasar el lunes, y el martes habló por separado con Mas y con Duran. Con una actitud distante, Carod les dijo: “Mañana pienso desaparecer y no volveré hasta el domingo; ya hablaremos el lunes”. No fijó hora, ni lugar, ni nada, pese a que tanto Mas como Duran le habían expresado la conveniencia de que fueran CiU y ERC quienes iniciaran las negociaciones. Mas optó también entonces por irse a descansar tres días a las islas Canarias.

La dirección de CiU se enteró por la prensa de que delegaciones de PSC y ERC iban a reunirse el lunes 24 a la una de la tarde. Para evitar que se interpretara que ERC se decantaba ya por el pacto con los socialistas, Ernest Benach se apresuró a llamar a Antoni Vives, un hombre de Artur Mas que había militado en Esquerra, para pedirle una reunión de los negociadores antes de la una del mediodía. La reunión no pudo fijarse porque Josep Antoni Duran Lleida tuvo un problema familiar lo suficientemente grave como para dejarla para el día siguiente.

En cualquier caso, lo de las reuniones negociadoras ya eran en ese momento un mero ritual táctico. Tres días antes, el viernes 21 de noviembre, es decir, sólo cinco días después de las elecciones, se había celebrado la reunión del núcleo duro de Esquerra. Carod convocó a Ernest Benach, Carles Bonet, Josep Huguet, Joan Puigcercós y Xavier Vendrell. Analizaron la situación y convinieron que el resultado no sólo no alteraba sus planes de pactar con los socialistas, sino que les brindaba la oportunidad de mejorar el acuerdo que podían alcanzar con los socialistas. Iban a “salvar” al PSC, así que podían pedir la luna.

Esta opción se reafirma en la reunión de la permanente, el mismo día 24 antes de que empiecen las negociaciones oficiales con CiU y PSC. Carod, con voz rotunda, interpela a los miembros de su equipo: “Quiero que me digáis uno por uno, mirándome a los ojos, a quién preferís”. Todos los asistentes respondieron de la misma forma: “Con los socialistas”. Ni la victoria de Artur Mas, ni los problemas que podía generar una negociación con el PSC hicieron cambiar la opinión de la dirección de Esquerra. E l peso de 23 años de CiU era demasiado grande. Carod, sin embargo, deja claro que las negociaciones están abiertas y que no se dé nada por cerrado.

Para dar mayor credibilidad a la negociación, se decide que Huguet y Pere Esteve inicien consultas “con la sociedad civil”, para conocer su opinión. La negociación a dos bandas aseguraba a ERC lograr la presidencia del Parlament. El objetivo fundamental, sin embargo, era que Josep Lluís Carod-Rovira figurase como conseller en cap con amplios poderes ejecutivos. Era fundamental mantener viva la negociación con CiU para que los socialistas no se confiaran y aceptaran más fácilmente las exigencias de Esquerra.

El respaldo del PSOE

El acuerdo entre republicanos y socialistas estaba ya encarrilado. En lo que se refiere a la voluntad política de las partes, sólo faltaba superar un escollo que, de hecho, tampoco era imprescindible: el respaldo del PSOE. Maragall compareció públicamente para afirmar que la estrategia de los socialistas en Catalunya la marcaba el PSC. Durante el proceso negociador, Maragall y Montilla viajaron varias veces a Madrid para hablar con Zapatero y darle cuenta de la situación, pero los líderes catalanes hablaron claro desde el principio: el protocolo de unidad socialista atribuye al PSC soberanía plena para decidir su estrategia en Catalunya. Si el PSOE vetaba el pacto con ERC y el PSC renunciaba, se hundiría irremisiblemente la segunda organización socialista de España, pero si el PSOE vetaba el pacto y el PSC hacía caso omiso, se abriría una crisis irreversible en el socialismo español, de proporciones bíblicas que no podía interesar.

Montilla se comprometió con Zapatero a que la información fuera fluida para elaborar el discurso necesario para contrarrestar los ataques del PP y a procurar que los acuerdos programáticos con Esquerra pudieran presentarse a modo de “propuesta catalana”, es decir, que para llevarla a cabo requeriría una negociación previa y siempre dentro del marco constitucional, interpretado, claro, de manera flexible. El acuerdo con el PSC no estuvo exento de dudas por parte de diversos dirigentes socialistas, sobre todo cuando CiU lanzó el mensaje de que si los socialistas les arrebataban la presidencia, Zapatero no podría contar con el apoyo de CiU a sus expectativas. Hubo contactos diversos. Pujol habló con Felipe González. Duran y Xavier Trias con algunos barones y con Zapatero. Hablaban de articular conjuntamente la oposición al PP si el PSC aceptaba el tripartito. El secretario general desviaba a los convergentes a que hablaran con Manuel Chaves, el presidente del partido, pero las gestiones sólo sirvieron para irritar a los dirigentes del PSC por el puenteo, que aseguran que no van a olvidar. La labor constante de Montilla para contarrestar las llamadas de CiU y convencer a los barones socialistas de la bondad del pacto con ERC es una de las grandes claves que ha permitido cerrar el acuerdo.

El lunes 24 por la mañana se reúnen Ernest Benach y Joan Puigcercós con José Montilla y Ernest Maragall, y los republicanos insisten ante los periodistas en su vieja idea del gobierno de concentración para ralentizar las conversaciones, pero crean comisiones para negociar el programa, que se ponen a trabajar de inmediato, sin periodistas al acecho. Antoni Castells y Josep Huguet; Miquel Iceta y Joan Ridao; Joaquim Nadal y Xavier Vendrell, y otros. Castells y Huguet se centran en la cuestión de la financiación autonómica en diversas reuniones celebradas en la sede de la Fundació Carles Pi-Sunyer o en el hotel Barceló Sants. Todos los días, a las 9 de la mañana, Maragall y Montilla recapitulan con el resto de los negociadores y deciden cómo superar los obstáculos que van surgiendo.

El optimismo de los socialistas y algunas indiscreciones de dirigentes de Esquerra llevó a algunos diarios a dar casi por zanjado el pacto el domingo 30, lo que obligó a Esquerra a efectuar algunas maniobras de distracción por parte de Joan Puigcercós, como la exigencia del referéndum previo al envío del Estatut a Madrid, que al cabo de 24 horas y en puertas de una reunión negociadora el propio Carod se encargó de desactivar.

El tripartito como pretexto

Paralelamente a los contactos PSC-ERC se sucedían reuniones negociadoras entre CiU y ERC, y el tridente Pujol-Mas-Duran recapitulaba todos los días varias veces. Carod eludía el contacto con Mas con diversos pretextos y desplazamientos. ERC apretó las clavijas con el asunto de la transparencia y las auditorías y eso provocó algunas chispas, reproches y hasta alguna amenaza, pero no llegó la sangre al río. El desarrollo enrarecido de las negociaciones fue lo que decidió a la cúpula de CiU a llevar a cabo dos iniciativas paralelas. Mas visitaría al lehendakari Ibarretxe, que ya se había pronunciado por una mayoría nacionalista, y Pujol hablaría con Carod. Esta reunión se celebró el lunes día 1 en el domicilio de Joan Martí Mercadal, el “amigo común” de Pujol y Carod en la calle de l'Avenir de Barcelona. En esa reunión Carod se escudó ante Pujol de que su opción era el tripartito y lo argumentó considerando que el “frente nacionalista” podría ser utilizado por el PP para hacer con Catalunya lo mismo que en el País Vasco. “No podemos dejar a los socialistas en la oposición”, vino a decir Carod. También comentó que el partido estaba muy decantado hacia el pacto de izquierdas si el tripartito CiU-PSC-ERC no prosperaba y que el pacto con CiU podía generar divisiones internas en ERC. Tras el desayuno, Pujol vio confirmados sus temores de la noche electoral y CiU decidió apostar decididamente por el tripartito con los socialis-tas como única posibilidad, insistiendo especialmente en Madrid. CiU no intentó hablar directamente con el PSC por dos motivos. Porque consideraba que Pasqual Maragall no renunciaría jamás a la presidencia y porque no querían de ninguna de las maneras que un contacto con los socialistas fuera el pretexto de ERC para romper con ellos alegando conspiración a sus espaldas.

Las negociaciones de ERC con los socialistas avanzaban como una carrera de 110 metros vallas y las que establecieron CiU con ERC parecían los cien metros lisos, pero con una diferencia. Republicanos y socialistas iban elaborando por escrito el programa electoral y en cambio los propios republicanos se saltaban capítulos con los convergentes. “Con vosotros no hace falta que negociemos sobre el Estatut, la lengua y el financiación porque ya sabemos que coincidimos.” Un par de aspectos sobre política territorial y enseñanza fueron resueltos con un documento elaborado por Antoni Vives, que recibió el visto bueno de Vendrell y Josep Bargalló.

Los “cocineros”

Hubo, en cambio, en la negociación de Esquerra con los socialistas un tira y afloja en la redacción del texto sobre financiación que obligó a intervenir a Carod. Éste llamó a Maragall y mantuvieron una tensa conversación. Carod llegó a amenazar con romper el acuerdo el domingo 7 de diciembre, en pleno puente de la Purisima, cuando éste parecía ya casi cerrado. Maragall habló con su equipo y terminaron aflojando. Con todo, José Montilla y Ernest Maragall han sido los grandes “cocineros” del pacto al saber satisfacer las exigencias de poder por parte de Esquerra Republicana y muy especialmente las funciones ejecutivas de Carod como conseller en cap, con un proyecto de programa que no impone trágalas a los socialistas.

Maragall y Montilla se encontraron ante la sorpresa de que Puigcercós y Benach acudían a las reuniones con las ideas muy claras. Desde hace un año, Puigcercós, el único diputado de ERC en Madrid, se había arremangado para estudiar a fondo el funcionamiento interno de las consellerias. Gracias a funcionarios del partido que trabajaban en el Govern, los negociadores de ERC sabían al dedillo algunos intringulis de los departamentos, lo que les llevó a negociar a cara de perro la letra pequeña del acuerdo. Esquerra quería blindar la conselleria de Carod para que los socialistas no les metieran un gol en el último minuto.

Las negociaciones se desarrollan de tal manera que el jueves 4 de diciembre, víspera de la constitución del Parlament, se da la insólita circunstancia de que Duran Lleida anuncia el acuerdo total con Esquerra al tiempo que los socialistas hacen lo propio. Una vez elegido Ernest Benach, los negociadores de Esquerra ya no atendían las llamadas de CiU. En los pasillos del Parlament, la sensación más extendida era que el pacto de izquierdas estaba prácticamente zanjado. Artur Mas se había reunido con Carod a primera hora de la mañana. El dirigente republicano no le dijo que el pacto con el PSC estaba decidido, pero se lo dio a entender. “Entiendo lo que me dices –manifestó Carod–, pero quiero que tu también entiendas lo que voy a hacer. También tengo mis responsabilidades.”

Las webs de los periódicos de Madrid dieron mucha trascendencia al discurso de cariz soberanista de Benach y eso causó bastante preocupación en la cúpula del PSC. Maragall y Montilla ponían cara de preocupación y pasaron la consigna de que no había nada cerrado. El fin de semana se celebraba el aniversario de la Constitución y el martes Montilla presentaba el acuerdo ante la ejecutiva del PSOE. Había que evitar cualquier alarmismo que pudiera provocar la rebelión de los barones. Montilla superó el trámite con habilidad.

El “primer ministro”

El martes por la noche Carod y Montilla anunciaron que las respectivas ejecutivas habían aprobado por unanimidad el pacto de izquierdas. Al día siguiente, los periódicos presentaban a Carod como el nuevo “primer ministro” de Catalunya. Eso motivó un incidente entre Ernest Maragall y Puigcercós. “Pero qué estás diciendo? ¿Qué os habéis creído?”, interpeló el hermano del candidato. El republicano se limitó a sonreír. El que da primero da dos veces.

Ya sólo faltaba cerrar la incorporación de ICV-EUiA. Dos departamentos y no tres para los ecosocialistas, con lo que se evita que el sector que se reivindica como comunista dirija un departamento. Iceta se reunió el jueves con Jordi Guillot, de ICV, y prepararon el terreno para que Montilla y Saura suscribieran el acuerdo en un almuerzo. El líder de Iniciativa logró que la segunda conselleria para su partido sea la de medio ambiente, ampliada con vivienda, pero se desbrozó el camino de las condiciones sine qua non de los ecologistas. La paralización del túnel de Bracons o la implantación de la ecotasa no se llevarán a cabo de inmediato. Y probablemente no se lleven a cabo jamás, porque se crearán comisiones para estudiar el problema, con lo que estos asuntos se posponen ad calendas graecas. El pacto de las izquierdas da a luz a un Govern con nueve socialistas, seis republicanos y dos ecosocialistas. La promesa electoral de la paridad de géneros combinada con el hecho de que son tres los partidos que participan complica la designación de consellers. Por si acaso, ERC avanza sus seis departamentos.

El jueves pasado una delegación del PSC y otra de Esquerra se presentaron en el Palau de la Generalitat. Pujol se encontraba en su despacho. Iban a pactar con los servicios de protocolo el acto de la toma de posesión y a ver cómo se las arreglaban los respectivos gabinetes del president y del conseller en cap para instalarse en el Palau. Incluso un equipo de arquitectos ya ha tomado medidas para las reformas que serán necesarias en el edificio para ubicar bien los despachos del equipo del president Maragall, del conseller en cap Carod-Rovira y del conseller de Relacions Institucionals i Participació Ciutadana, Joan Saura. Todos juntos cohabitarán en el Palau bajo el mismo techo. Es la época del triunvirato.