Me pregunto
a menudo qué nos está pasando. La desfachatez con
la que se está descuartizando el territorio y destrozando
el paisaje debería haber provocado a estas alturas una verdadera
reacción popular. El neodesarrollismo en el que estamos inmersos
desde hace varios - demasiados- años no ha actuado con nocturnidad
y alevosía, sino a plena luz del día: sus efectos
catastróficos sobre el territorio son evidentes y palpables.
Y, sin embargo, son pocas las voces que se alzan públicamente
para denunciar lo obvio, lo que salta a la vista en cualquier rincón
del país nada más poner los pies en la calle o
las piernas en el campo. Destacados geógrafos, arquitectos,
naturalistas y escritores expresan de vez en cuando su desesperación
ante tanto disparate.
Nos hallamos ante una verdadera vorágine constructora, precisamente
en el país europeo con un porcentaje más alto de vivienda
desocupada (12%). En un contexto de poten- ciación -ecológicamente
insostenible- de la urbanización difusa, proliferan todo
tipo de equipamientos, a los que se suman centenares de urbanizaciones
de chaletitos y casas adosadas en las periferias de todas las ciudades,
grandes y pequeñas, alejándonos cada vez más
del modelo mediterráneo de ciudad "compacta". Se
multiplican, por otra parte, las reservas de suelo para uso industrial,
a pesar de que muchos polígonos creados hace años
están prácticamente vacíos. Semejantes desa-
guisados, junto con el modelo de urbanización extensiva ya
denunciado, contribuye a la destrucción de miles de hectáreas
de excelente suelo agrícola o de alto valor ecológico
y paisajístico. Y, en lo referente a los trazados de nuevas
vías de comunicación, éstos se diseñan
a menudo con pretensiones y previsiones muy alejadas de la realidad
y atendiendo a modelos de conectividad supuestamente irrefutables,
menospreciando con ignorancia supina los valores ambientales y paisajísticos
de los territorios por los que transitarán. Nadie se toma
en serio los estudios de impacto ambiental, cuando éstos
se elaboran con seriedad y honestidad, lo que no siempre es el caso.
¿Y el paisaje? ¿Qué pasa con el paisaje? Ahí
están los resultados de los procesos anteriormente descritos:
espacios intersticiales yermos y abandonados, edificaciones efímeras
y construcciones precarias a diestro y siniestro, carteles publicitarios,
líneas de alta tensión, vertederos diversos, cementerios
de coches, chiringuitos... En fin, un paisaje fracturado, desestructurado,
desordenado, cada vez más mediocre y sórdido. La estandarización,
la uniformización y la falta de calidad y de originalidad
de la mayoría de las edificaciones nos está abocando
a un paisaje insensible, en especial en los espacios suburbanos,
de transición, donde abundan -y se multiplican- construcciones
escaparate en las vías que dan entrada a pueblos y ciudades.
¿Dónde están los guardianes de la identidad?
¿Hacia dónde miran los defensores de las esencias
patrias? Muchos de los que se llenan la boca hablando una y otra
vez de esencias e identidades se están cargando el paisaje,
que es, sin lugar a dudas, uno de los elementos identitarios más
excepcionales, uno de los patrimonios culturales más apreciados
en las sociedades cultas y avanzadas de nuestro entorno. El paisaje
es el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza.
Representa la proyección cultural de una sociedad en un espacio
determinado y es, por ello mismo, un patrimonio que debe conservarse,
admitiendo que es algo dinámico y en constante evolución.
Su inevitable transformación puede controlarse y planificarse,
sin atentar así contra los rasgos esenciales que le dan carácter
y personalidad.
En efecto, los paisajes tienen un carácter, una personalidad
propia y exclusiva, que no debe leerse como algo inequívoco,
inmanente y estático. Conservar la autenticidad de un paisaje,
a la escala que sea, no significa mantenerlo intacto, fosilizado.
Se trata de intentar conservar la especificidad y originalidad de
sus elementos constituyentes sin cuestionar su dinamismo. Sólo
así es posible preservar el carácter del lugar sin
convertirlo en un museo sin vida. La recuperación superficial
de construcciones y estructuras tradicionales -en especial en las
zonas rurales- no evita este riesgo, sino que lo agrava. He ahí
el resultado: paisajes estáticos, artificiales, de cartón
piedra. Se trata, si se me permite la expresión, de "intervenciones
pesebrísticas"; es decir, reconstrucciones más
o menos fieles y más o menos bucólicas de un paisaje
rural funcionalmente desaparecido, en línea con la filosofía
que inspira los parques temáticos. Vamos camino de la "tematización"
del paisaje, que implica la negación de lo auténtico,
el espejo de la falsedad, la cursilería. He ahí la
definitiva "mercan- tilización" de los lugares,
tan característica de las sociedades y de las economías
posmodernas y postindustriales.
Las responsabilidades en la degradación actual del territorio
y en la correspondiente destrucción del paisaje se reparten
entre los diversos agentes que actúan en él. En primer
lugar, hay que mencionar a la Administración, en todos sus
niveles, empezando por la central, aun cuando es verdad que ésta
ha traspasado muchas de sus competencias en este ámbito a
las comunidades autónomas. En el caso de Cataluña,
dado el elevado número de competencias que en materia de
medio ambiente, ordenación del territorio y urbanismo han
sido traspasadas a la Generalitat, a quien hay que pedir responsabilidades
en primera instancia es al gobierno autonómico y, en concreto,
a los dos consellers que más relación tienen con el
tema: el de Política Territorial i Obres Públiques
y el de Medi Ambient. La Administración local tiene también
su parte de responsabilidad en este desbarajuste general. La autonomía
municipal llevada a sus extremos ha causado situaciones esperpénticas
y originado graves disfunciones territoriales. Demasiados consistorios
se han subido al carro de este inesperado desarrollismo y han cedido
ante determinados grupos de presión y se han relajado en
el control de normativas de edificación.
El lobby inmobiliario es el único que ha estado a la altura
de las circunstancias, en el sentido de ejercer adecuadamente el
papel que de él se esperaba. En efecto, el negocio inmobiliario
se ha aprovechado tanto como ha podido de este neodesarrollismo,
así como de otras circunstancias más vinculadas al
fenómeno de la globalización que a las dinámicas
locales o nacionales, como la necesidad de blanquear dinero negro,
la entrada en vigor del euro como moneda única europea o
la escasa rentabilidad para el inversor que hoy ofrecen determinados
productos financieros, a diferencia de lo que sucedía antaño.
Esto es lo que explica, por poner sólo un caso, que el ritmo
de urbanización en la Costa Brava, entre 1974 y el 2000,
haya sido de 285 hectáreas de media anuales o, lo que es
lo mismo, cerca de ¡una hectárea por día!
No todo está perdido, a pesar del título de este artículo.
Pero queda poco tiempo al ritmo que vamos, porque -no deberíamos
olvidarlo nunca- las intervenciones en el territorio son, demasiado
a menudo, irreversibles. Disponemos, por fin, de algunos instrumentos
interesantes, como la Convención Europea del Paisaje, un
catálogo de buenas intenciones en relación con el
paisaje elaborado por el Consejo de Europa y presentado oficialmente
en el Palazzo Vecchio de Florencia el 20 de octubre de 2000. Los
estados que lo han suscrito deben proceder ahora a su ratificación.
Si ésta se produjera pronto y si cada país integrara
en su respectiva legislación las medidas propuestas por la
convención, estaríamos dando, por fin, los pasos adecuados
y en la buena dirección, después de tanto desbarajuste
y desorientación.
La convención reconoce que "el paisaje es un elemento
importante de la calidad de vida de las poblaciones, tanto en los
medios urbanos como rurales, en los territorios degradados como
en los de gran calidad, en los espacios singulares como en los cotidianos".
Estima que "el paisaje participa de manera importante en el
interés general, en el aspecto cultural, ecológico,
medioambiental y social", y acaba reconociendo que "el
paisaje constituye un elemento esencial del bienestar individual
y social". La ley de Urbanismo catalana, aprobada hace pocos
meses, está muy lejos de esta sensibilidad, por lo que deberíamos
plantearnos seriamente la elaboración de una ley del paisaje.
*J. NOGUÉ, catedrático de Geografía
Humana de la Universitat de Girona. Especialista en estudios de
paisaje y en pensamiento geográfico y territorial
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